|
"JUANACHA" O LA OTRA
MANERA
DE HABLAR
Y ESCRIBIR HOY SOBRE ARTE
Por: MANUEL
MARCOS PERCA
| |
«(La
devaluación de la crítica) tiene mucho que ver con
ciertos ejercicios irresponsables de los que
cobardemente todos los que hemos hecho crítica en
diarios y revistas deberíamos ser capaces de aceptar. De
introducir ideas nuevas sin darle un correlato
directamente a la situación de las artes plásticas
localmente».
Jorge Villacorta [1]
«(...) El enorme alcance de los canales de comunicación
que atraviesan las fronteras culturales tiene el efecto
de desmantelar viejas formas de marginación y
dominación, y permite imaginar nuevas formas de
democratización y multiplicidad cultural».
William Rowe y Vivian Schelling [2]
«La ausencia de confrontación abierta favorece una
tendencia conservadora que se acompaña de formas de
movilidad patrocinada al interior del campo».
Néstor García Canclini [3] |
Hace unas semanas el periodista
Eduardo Deza puso en nuestras manos la edición N° 1 de la
revista JUANACHA [4] a fin de que la comentemos «de manera
diferente». Sentimos su pedido como una tarea difícil, en primer
lugar, porque la revista no tiene una editorial —al menos no en
el sentido tradicional del término— que la defina o nos acerque
a sus objetivos y, segundo, porque sus artículos —casi veinte—
detallan las «nuevas actitudes» hacia la glosa, el análisis y la
crítica de las artes por parte de gente que, particularmente, no
conocemos. Sin embargo, confesamos que mientras le dábamos una
«ojeada» afloró nuestra curiosidad, cosa que nos dio ánimos de
aceptar los requerimientos del experimentado hombre de prensa y,
posteriormente, remitirla a esta publicación.
Hace unas
semanas el periodista Eduardo Deza puso en nuestras manos la
edición N° 1 de la revista JUANACHA [4] a fin de que la
comentemos «de manera diferente». Sentimos su pedido como una
tarea difícil, en primer lugar, porque la revista no tiene una
editorial —al menos no en el sentido tradicional del término—
que la defina o nos acerque a sus objetivos y, segundo, porque
sus artículos —casi veinte— detallan las «nuevas actitudes»
hacia la glosa, el análisis y la crítica de las artes por parte
de gente que, particularmente, no conocemos. Sin embargo,
confesamos que mientras le dábamos una «ojeada» afloró nuestra
curiosidad, cosa que nos dio ánimos de aceptar los
requerimientos del experimentado hombre de prensa y,
posteriormente, remitirla a esta publicación.
En nuestro medio, es difícil encontrar una revista sobre arte
que sólo cueste cinco soles como JUANACHA, y eso puede ser algo
meritorio: la revista tiene más de cien páginas, un tamaño que
hace cómoda su lectura, muchos artículos, mucha información.
Sabemos de más de veinte proyectos que pretendieron realizar
algo parecido pero que quedaron truncos en el camino. Sobre su
diagramación y diseño, estamos seguros que los entendidos
encontrarían muchas deficiencias, y a ellos preferimos dejarles
la crítica. Lo que sí podemos rescatar, a simple vista, es el
hecho de que al estar elaborada en blanco y negro JUANACHA posee
una saludable apariencia de pulcritud. En la portada aparece una
suerte de retrato del crítico de arte Jorge Villacorta, trazado
con tinta negra (con todo, al parecer olvidaron poner el nombre
de su autor así como la técnica empleada).
Merece destacarse que todos los participantes en la revista son
jóvenes artistas, curadores o críticos de arte «independientes»:
Sharon Lerner, Piero y Rodrigo Quijano, Eliana Otta, Miguel
López, Luz María Bedoya, Juan Salas, flavia Gandolfo, Philippe
Gruenberg, Gilda Mantilla, entre otros. En JUANACHA priman las
entrevistas y la trascripción de conferencias y los artículos
son concebidos en tono de crónica. En sus páginas uno encuentra
dossiers, reseñas, apuntes de eventos internacionales de arte
del 2007, traducción de artículos referidos a la vida cotidiana,
etc. De ellos destaco «El lugar de la crítica», que viene a ser
la trascripción de una charla del crítico Jorge Villacorta dado
en Lima en 1997 (pp. 37-43), y «Villacorta: Ten Years Alter»
(pp. 99-107).
Todo lo posible existe en esta primera edición. Todo lo humano
desfila en su interior. Y tanto así como aciertos, también tiene
flaquezas. Hay entusiasmo y exaltación pero también silencios y,
en algunos casos, amnesias selectivas. Estos silenciamientos
selectivos hacen que JUANACHA sea la expresión de una forma de
situarse frente a las artes que difícilmente compartiríamos. Nos
hacen verla como la expresión casi perfecta de una «corriente»
que nos anuncia una nueva forma de analizar el arte
contemporáneo que obvia todo instrumento conceptual para
comprender su dimensión material al interior de la vida social.
Por eso consideramos que JUANACHA nos indica que el énfasis de
quienes hoy escriben y hablan sobre arte radica en lo cultural y
lo simbólico. Que ya no se reflexiona a las artes desde sus
relaciones de «dominación», «alienación» o algo que deba ser
cuestionado y alterado, sino simplemente como parte de la
realidad de una sociedad posmodernizada. En otras palabras, la
revista nos advertiría de la ausencia de toda actitud evaluadora
y crítica: «negativa».
¿Qué estamos viendo con toda esta perspectiva? Que JUANACHA
evidencia el tránsito de un pensamiento crítico del arte y el
artista —que buscó en el presente las posibilidades de su
transformación considerando que todo podría ser de otra manera—
a un pensamiento que se limita a constatar y «exaltar» el
carácter inmodificable de la sociedad, el arte y la condición de
los artistas [5].
Así, no es nuestra intención formular un comentario sobre la
calidad de los artículos de la revista, sino más bien analizar
esta «nueva» forma de hablar y escribir sobre arte, una
tendencia que es evidente no sólo en JUANACHA sino, también, en
otras revistas o medios de difusión actual. Para eso nos
basaremos en algunos aspectos que puedan denotar el paso de una
actitud y pensamiento critico-socialista (en cierto sentido
«hereje» e impugnador del sistema cultural y artístico vigente,
de un voto ético por el cambio) a otro invadido de espíritu
demo-liberal (que busca interpretar el arte como un «espacio
común», producto de «positivas» mezclas e hibridaciones
culturales, para no presentarlos como campos reales de disputas
y tensiones entre diferentes grupos, sea estéticos, étnicos o de
clase).
------- 0000
------
Ya se ha
mencionado que JUANACHA evidenciaría el paso de una reflexión y
crítica ligada a una ideología del cambio a un cambio de la
reflexión y crítica que sólo busca ver el arte desde
perspectivas culturales y simbólicas. Incluso, parafraseando a
Horacio Machín [6], se puede decir que de
interpretaciones del arte dentro de una perspectiva histórica
materialista —para suscitar fuerzas de cambio socio-artístico—
se ha dado paso a una visión post-histórica: es decir, a una
donde toda historia es contingente y todo cambio es coyuntural y
la crítica del capitalismo deja de ser un articulador de la idea
de identidad estética, regional, nacional o cultural. Llegado a
este punto nace la pregunta general: ¿Qué sucedió para que la
manera de hablar y escribir sobre arte en la actualidad carezca
de un contenido y una dimensión cuestionadora «negativa»?
Sucedió que hace unos años todos los esfuerzos del capitalismo
por desdibujar los grandes discursos —o metarrelatos— que
planteaban la historia y el análisis en términos de disputa,
lucha, tensión u oposición de ideologías, estéticas y culturas
(nacionales, regionales o locales) lograran su objetivo: borrar
del mapa a muchos de los entusiastas o forjadores de dichos
planteamientos, antagonistas «negativos». De hecho, estos
personajes fácil, y rápidamente, son seducidos e incorporados
—en calidad de funcionarios— al interior del sistema, para
construir un aparato de propaganda que «hablase» no tanto en
clave de disputas y luchas, sino de una crisis de «todos» los
paradigmas teóricos de occidente —sobre todo, esos
«divisionistas» y «confrontacionales»— o de una urgencia de que
la vida social en su conjunto adopte las formas democráticas en
pro de la «convivencia», la «paz mundial» y la «supervivencia».
Eran los tiempos de la Guerra Fría.
Animados por el colapso de los regímenes de ideología comunista
y la caída del Muro de Berlín (1989), vendieron la idea de que
ésas fueron las señales concretas para que el planeta entero se
integre bajo el modelo democrático-liberal de occidente y su
promesa de «libertad infinita» para actuar, crear y competir.
Ambos sucesos, además, les permitió fundamentar la falacia de la
irrupción de un nuevo mundo, una nueva era, una sociedad
abierta, una meta-cultura global, que no podía ser construida ni
criticada por teorías «negativas» o «divisionistas» nacidas en
los inicios de la era industrial.
Alejados de visiones que cuestionaban la esencia misma del
sistema capitalista, los nuevos letrados del sistema buscaron
difundir, e imponer, la idea de que lo fundamental era
«contemplar» la nueva realidad cotidiana, su carácter
indeterminado, los desplazamientos culturales en época de
globalización y desmaterialización, las nuevas subjetividades y
sus sentidos múltiples, o «describir» las contemporáneas
conductas sociales y culturales (fragmentarizadas y
heterogéneas) surgidas en el «presente postcapitalista» y
posconvencional. ¿Qué se haría con lo pensado y escrito hasta
ese momento? Los títulos que inundaron las librerías del mundo,
desde inicios de la década de 1990, nos ayudan en la respuesta:
«… fin de la historia», «… fin de la era de la razón», «...
improcedencia y fin de las utopías que buscaron la unión y la
libertad de los oprimidos y explotados del mundo», «... fin de
la era capitalista y de sus enemigos: los revoltosos
anticapitalistas», «fin de la era industrial», «crisis y muerte
del proletariado», «...muerte de los grandes relatos», «...
muerte de la pintura de vanguardia», «… muerte del autor», «...
fin de la idea de la lucha por el poder», «... agonía de los
partidos políticos», y así sucesivamente.
Al mismo tiempo aparecieron libros y vulgatas sobre
postmodernidad, postestructuralismo, deconstrucción,
posvanguardia, nuevos actores, escenarios y formas de tensión
global, rebeliones en los massmedia, arte y teoría del caos,
estéticas y tecnología post-industrial, etc. Así, no fue difícil
que surja la incriminación, desde ámbitos «alternativos», al
saber academizado y se lo tilde de «ideologizado» y «antidemócrata»
y luego se dictamine su «crisis» o se hable de la urgencia de
abrirla a una realidad pluralizada y heterogénea: la supuesta
realidad que generaba los «nuevos tiempos». A la divulgación de
todos estos textos y artículos que cuestionaban la ideología del
cambio social o la identidad teórica del socialismo, que
alimentó la reflexión y la crítica, le siguió el fomento a la
exploración de temas de «franca relevancia en el mundo».
Para el caso de las artes —plásticas—, el acercamiento a la
realidad de «lo cultural» y la globalización representó el ánimo
para renovar la reflexión y crítica de arte. Para esto,
previamente se retoma a los intelectuales latinoamericanos que
desde fines de la segunda mitad de la década de 1970 buscaron
desarticular los aparatos teóricos que permitían plantear la
oposición entre lo local y lo internacional en las artes o que
apaciguaron los temores que generaba la expansión del
capitalismo sobre las culturas artísticas y estéticas
latinoamericanas [7]. Así, toda opinión, teoría y crítica
de arte se orientó a reconstruir y comprender las modalidades de
creación de sentido e identidad artística en el nuevo mundo, en
un mundo donde —como reza el clise— la fluidez de las
comunicaciones ha terminado de desdibujar las oposiciones y
barreras y permitido imaginar nuevas formas de democratización y
multiplicidad cultural.
En esta reconstrucción se deslegitimó la importancia de la
crítica de izquierda —vigente en las décadas de 1970 y 1980— por
considerar que por sus mecanismos de análisis —centrados en
conflictos y tensión socio-estética o en un horizonte
revolucionario de reflexión que considera necesario cuestionar,
e incluso, «demoler» el orden existente como condición para la
construcción de un «orden» estético superior— están impedidos no
sólo de penetrar la nueva realidad histórica del arte, sino que
no pueden articular nuevas maneras de pensar la relación entre
arte y «sociedad civil» y «Estado democrático». Menos aún,
entonces, estarían en facultad de producir un nuevo tipo de
participación, de ciudadanía o cohesión social en tiempos de
globalidad. Quizá esa sea la razón por la que la promoción y
defensa de la democracia y los «espacios comunes» sea hoy, más
que nunca, la consigna con mayor capacidad para agrupar y
movilizar a los pensadores y críticos del arte local.
Éstos reivindican una agenda democrática en el espacio de la
reflexión, explicación y crítica de arte, porque lo que predican
es una gestión de estéticas que no dependan de estructuras que
impliquen divisiones o actitudes «negativas» o cuestionadoras
del orden imperante. En su curiosa defensa del orden
democrático-liberal han levantado una barricada explicativa y un
«todo» estético popular y supuestamente abierto, en donde
importa —en nombre de la sana convivencia— sólo interpretar
subjetividades (estéticas) y describir nuevos fenómenos
artísticos. En cierto sentido, cumplen el trabajo fundamental de
llevar todas nuestra propuestas plásticas a los dominios de la
democracia radicalizada de hoy: la esfera global donde no hay
otro espacio sino el espacio de la misma globalización (y de sus
instituciones) para constituir la oposición y la verdad.
Por la constante mención en sus textos, se puede señalar que
varios de los que se incluyen en esta nueva corriente buscan,
también, recuperar —como un gesto democrático y solidario—, los
conocimientos y las prácticas de artistas entendidos como «del
pueblo» de los tiempos posmodernos. Pero este gesto reemplaza el
concepto de «su poder» con el de «su cultura», minimizando la
importancia de la ideología de estas gentes y la fuerza de sus
artes. De esta forma el «todo» social, e incluso político, del
artista llega a ser el «todo cultural» del artista. En este
gesto recuperativo el artista del pueblo posmoderno no tiene
ninguna característica determinante: sólo es un emblema
alegórico, producto de la actividad del crítico (o curador)
mismo. Por lo tanto, el momento mismo de recuperación compasiva
de las «memorias», «voces» y «experiencias» que no han sido
oídas llega a convertirse en algo similar al espejo del
narcisista donde el artista del pueblo sirve sólo para reflejar
las preocupaciones y la búsqueda de figuración del crítico o
curados de arte liberal posmoderno.
-------0000------
Ya es típico al
interior de toda esta corriente que sus principales miembros, en
el marco de la retórica de la «confianza», asuman la
representación del artista peruano ante la globalización. Al
mejor estilo de los representantes de Estado, ellos viajan (como
embajadores de lo peruano) a cuanto evento artístico mundial
exista. Pero sus voces intermediarias les devuelven —al artista
peruano y a su obra— el estatus de periféricos o de marginalidad
pues todas las disidencias estéticas del artífice son sutilmente
ingresadas en la máquina —de las metrópolis del arte— para que
filtre y exotice las disidencias nuestras y, finalmente, las
comercialice en el mercado global.
Y como era de suponerse, también se ha vuelto típico en esta
corriente el gusto por formar «espacios de acción concertada»,
«plataformas» o «ambientes de diálogo de confianza». Y puesto
que en esta arena «pública» se discuten temas de «interés
común», el artista y la coyuntura social y política serán,
naturalmente, temas de debate. Pero esa interacción antes cumple
con ciertos procedimientos que regulan la participación. Aquí la
única fuerza considerada válida será la de los «buenos
argumentos»: aquellos que hablen de la relación arte, democracia
y sociedad civil. Por eso no es extraño encontrar en estos
pseudos «espacios de debate» cierta animosidad por erradicar a
aquellos que les recuerden la supuesta «falsa problemática» del
arte: la dominación y la «resistencia cultural», del arte y el
poder, y de la pugna entre las estéticas y las ideologías
artísticas de una clase social con otra. Es más, allí se
descarta la tesis de que el arte, en cualquiera de sus
manifestaciones, reproduce y expresa valores ideológicos
diferentes. En otras palabras, se tergiversa conceptos y
posiciones, cerrando toda posibilidad para un encuentro fecundo
entre el arte y los valores ideológicos. Ésa es una de las
paradojas que se producen al incorporar al arte las agendas de
la democracia contemporánea y también los parámetros de sus
espacios de acción.
Para los que tienen la posibilidad de acceder a estas pseudos
plataformas de diálogo, no les será difícil percibir una actitud
tendenciosa por enjaular el ímpetu cuestionador y contestatario
de los artistas de la región dentro de universos interpretativos
fragmentados (únicamente simbólicos, culturales y discursivos)
con el objeto de no reinscribir sus demandas en el campo de una
búsqueda de la transformación y revolución material y total de
la existencia de la sociedad o el sistema artístico. Ésta es la
razón por la que en esos lugares nunca se habla de los artistas
que abogan por una transformación real de la sociedad: sólo
hablan de las virtudes del artista cuya obra «devela» el poder y
el discurso hegemónico. De hecho, nunca se refieren a los
artistas que cuestionan la clase que detenta el poder: sólo
mencionan a los artistas que cuestionan a las instituciones,
como si estas tuvieran un carácter independiente al margen del
poder central.
Así, el arte de Lima deviene ahora en un «espacio» reorganizado
por los análisis culturalistas, en base a experiencias
cotidianas (globalizadas), que de las organizadas por el antiguo
aparato critico "materialista". Esta mirada culturalista obvia
los intereses económicos y de poder, y por ello se redefine y
aborda el arte como algo popular (como un summun que depende
sólo del accionar de las personas, grupos y minorías y no de las
estructuras), como parte de un proceso de hibridación cultural,
de «cholificación urbana», como lugar de cruces de variables
entre la cultura estética local, la nacional y la internacional,
y como desapropiación de valores y reconversión de identidades
estéticas. Con ello evitan la reflexión y crítica que «nos
aísle» o que nos haga recordar la institucionalidad imperante.
Este tipo de neo-crítica también considera lo cultural como
único campo de lucha -pero en su sentido estético- o se fija
sólo en lo simbólico y la sintaxis del lenguaje artístico. En
sus publicaciones se tiende a explicar sólo los movimiento
artístico-culturales, sólo a interpretar «Iúdicamente»
subjetividades estéticas o sólo a describir nuevos fenómenos
cotidianos, «estetizados».
En general, los miembros de esta corriente han renunciado por
completo a toda preocupación por las articulaciones
histórico-sociales o político-económicas con procesos artísticos
e ideológicos cosa que haría más comprensible el problema real
de las artes, la identidad, la nación y las representaciones. O
tienen la tendencia a desacreditar las «estructuras» teóricas
que antaño fundamentaron la reflexión y crítica de arte. En todo
momento sus publicaciones plantean la caducidad del lenguaje
radical de aquella crítica. Es más, demuestran que fue
inservible para, luego, terminar fundando una crítica «más
realista», «más acorde» y «menos esencialista». En suma, el
fondo de sus pretensiones de análisis de los problemas del arte
esta ligado más a contingencias específicas y a exigencias
inmediatas que a una suerte de proceso orgánica y éticamente
concebido.
Puesto que al interior de dicha corriente se busca apartarse del
pasado («teñido de dogmas y utopías temerarias») y
desestabilizar la institucionalidad del escribir sobre arte, se
habla desde concepciones metodológicas trans-históricas, trans-clasistas,
trans-ideológicas, trans-políticas, trans-revolucionarias, trans-nacionales,
trans-patrimoniales, trans-centralistas, trans-culturales, trans-disciplinarias
y trans-textuales. Así, su narrativa se define bajo principios
de la narrativa popular (de concepciones que no requieren
justificación teórica ni académica) o ésta basada en
desplazamientos y nomadismos conceptuales —incluyendo
apropiaciones de sistemas y subsistemas, resignificaciones,
préstamos y reciclajes teórico-estéticos. Esta neonarrativa
popular —que por ejemplo invade a JUANACHA— es un conjunto de
juegos de lenguaje fusionado con la variedad del «discurso de la
calle», de lo cotidiano y de lo ordinario: de la nueva realidad
«descentrado» y globalizada. Queda reducida, muchas veces, a
mera ocurrencia ingeniosa o pura trivialidad.
A los miembros de la nueva corriente los términos comunes como
«investigador», «ensayista», «crítico» o «especialista» no les
gusta. En tiempos de «giros idiomáticos" y «desarraigos» buscan
autodefinirse bajo principios post-académicos o trans-institucionales
del arte. Por eso se hacen llamar, vaporosamente, «curadores»,
«gestores» o «xxx-independientes».
Apartados de discursos y teoréticas monocentradas del arte,
escriben desde la institucionalidad mundo: el mundo global,
democratizado y neoliberal. En su gusto por la simultaneidad, en
su convencimiento que vivimos en una esfera pública
massmediática han constituido redes de intervención teórica y de
debate no identificables por las cartografías del saber
institucional o academizado. Lo que los visibiliza son sus
textos o «simulacros», en ellos nos dicen que son entusiastas de
la globalización y de sus metáforas del descentramiento y que se
identifican con la política cultural de los movimientos cívicos,
la filantropía corporativa y el socorro internacional para el
fomento y desarrollo de las artes y la cultura o que entienden
el posmodernismo como una nueva forma de hacer reflexión y
crítica cultural, que no apela a instrumentos conceptuales para
comprender y explicar las dimensiones materiales e ideológicas
en las que se inserta el arte o, finalmente, que han reemplazado
las viejas perspectivas de análisis, ligadas a cuestiones
políticas e ideológicas por una de activismo dirigida a
democratizar y reformar, «en nombre de la razón y sana
convivencia», esas «anticuadas» perspectivas de análisis y
crítica «distanciadoras», «dogmáticas», «temerarias»,
«utopistas», «NEGATIVAS» y que antaño todos compartimos.
CONCLUSIONES Y PROPUESTA
No basta acudir sólo a perspectivas simbólico-culturales o
únicamente a esquemas de estructuras materiales de la producción
y reproducción socio-estética para sustentar el análisis, el
comentario o la crítica a una obra o proyecto artístico que
cuestiona el inmediato social y político. Para emitir una
crítica o comentario de una obra que contenga una actitud de
cuestionamiento al poder o a la situación política es necesario
atender tanto al arte como espacio privilegiado para una
construcción de la cohesión simbólico-social cuanto como espacio
donde, también, existen tensiones, conflictos y contradicciones
reales de orden ideológico, histórico, económico y de clase.
Consideramos que las propias prácticas artísticas deberán
desvanecer esa «amnesia selectiva» de los que al momento de
escribir e, incluso, deliberar sobre arte disocian los universos
culturales y simbólicos de las estructuras económicas y de clase
en las que se inscriben, o establecen que no hay una realidad
cruda de lo material y artístico más allá de lo cultural y
simbólico. «Amnesia selectiva» que no padeció, por ejemplo, el
crítico peruano JUAN ACHA, cuyo aparato teórico y planteamiento
crítico, basado en Marx y el Marxismo occidental, nunca descartó
ni desdibujó el vínculo tensional y dialéctico entre aquellos
universos y estructuras, entre lo material y lo cultural.
Es necesario el reencuentro con el espíritu de aquella
perspectiva teórico-crítica que fue un gesto ético, libre y
creativo, que concibió el arte como espacio de tensión y
conflicto pero también como espacio de construcción y cohesión
social. Es necesario que el tema del conflicto y de la ideología
sea un tema de reflexión en el arte. No sólo hay que pensar en
función en como son las cosas en las artes, hay que retomar el
ánimo de pensar en cómo nos gustaría que fueran. Para terminar,
nuestros ánimos de interpretar la relación «curador», «gestor» o
«critico independiente» con los modos y usos demoliberales sólo
pretenden plantear el problema de la intromisión de una agenda y
una ideología demoliberal en el hablar y escribir hoy sobre
arte.
|